Reding y Málaga

Teodoro Reding nació en Schwyz (Suiza) en 1755, en el seno de una familia noble estrechamente vinculada con el servicio militar en España. Con tan sólo 14 años, comenzó su carrera en nuestro país, distinguiéndose en la recuperación de Menorca de manos de los británicos; la campaña de los Pirineos; y la de Portugal. Siempre ligado al Regimiento Suizo de Reding nº 3, una de las seis unidades helvéticas con las que llegó a contar el Ejército español, y de la que fue coronel desde 1788 hasta 1806.

Destinado a Málaga junto a su unidad en 1802, se ganaría rápidamente el cariño de un pueblo para el que procuró el mayor bienestar. Primeramente durante las epidemias de fiebre amarilla de 1803 y 1804, desempeñando las labores más importantes de la Junta de Sanidad y visitando diariamente, aún a riesgo de su vida, hospitales, lazaretos y casas particulares, así como estableciendo con su regimiento el correspondiente cordón sanitario para evitar la propagación de la epidemia.

En 1806 es nombrado gobernador militar y corregidor político de Málaga; cargo que desempeñó con el mayor entusiasmo, tratando de dar soluciones urgentes y eficaces a los problemas que había podido observar desde su llegada a la ciudad cuatro años atrás. Era muy afable, pero fue enérgico cuando fue preciso y no dudó en pedir explicaciones al cabildo o suspender de sus funciones a quién no cumplía con su labor.

En muy poco tiempo transformó la ciudad, dictando acertadas disposiciones en materia sanitaria, social, política o urbanística. Entre otros asuntos, se preocupó por intentar paliar los desbordamientos del Guadalmedina y los daños que causaban a los siempre inundados barrios de La Trinidad y El Perchel; por la seguridad ante el estado ruinoso de algunos edificios; el mantenimiento del acueducto de San Telmo; el empedrado de las calles y la instalación de alumbrado público; que los enterramientos dejaran de llevarse a cabo en las iglesias para evitar futuras epidemias; el embellecimiento del paseo de la Alameda, comenzando su periplo la fuente de Génova; y la proyección de las hoy Acera y Plaza de la Marina.

También se preocupó por el empleo, al mismo tiempo que castigaba la vagancia. Controló el juego y la bebida, prohibió a los civiles portar armas blancas y de fuego cortas, penó las estafas en el comercio y protegió la hermandad de Viñeros. Incluso impulsó el respeto por la vía pública, la limpieza de la ciudad, la recogida de basuras y un plan para sofocar incendios.

La provincia quedó libre de contrabandistas y malhechores que atemorizaban a los labradores, a lo que contribuyó eficazmente el Regimiento Suizo de Reding. Y habiendo en la ciudad numerosos niños dedicados a la limosna, abandonados o perdidos; si tenían padres, hizo lo posible porque éstos se hicieran cargo de sus hijos; y si, por el contrario, eran huérfanos, intentó ayudarles con el establecimiento de un hospicio, donde recibían, además de techo y manutención, educación y el aprendizaje de  un oficio.

Para llevar a cabo sus proyectos, movilizó a las distintas instituciones y al comercio, y llegó a dar con fuentes de ingreso que hasta el momento no entraban en las arcas municipales. E implicó por completo a la ciudad en labores de caridad, bien fuera para vestir a los huérfanos de las epidemias o a los presidiarios enfermos, pidiendo únicamente ropa, o tela con qué hacerla.

Iniciada la Guerra de la Independencia en 1808, Reding preside la Junta de Málaga y, al mando de las tropas españolas que combatieron en la batalla de Bailén, demostró a toda Europa que era posible derribar la mítica invencibilidad de Napoleón. Victoria a la que contribuyeron numerosos voluntarios malagueños que siguieron fielmente a su gobernador.

El recibimiento de Reding en Málaga como “vencedor de los tiranos de Europa y libertador de Andalucía” fue apoteósico. Se le rindieron honores y se le hicieron varios regalos, entre ellos un uniforme de teniente general, un sable, un bastón de mando y un caballo blanco. Además, el cabildo le ofreció una corona de laurel que, modestamente, se negó a ceñir y ofrendó a la Virgen de los Reyes en la Catedral.

Y, a pesar de que hubiera querido permanecer en Málaga, su deber con España lo llevaría a Cataluña, donde luego sería nombrado capitán general. La de Valls, en 1809, sería su última batalla. No por las heridas recibidas, sino por el tifus que contrajo en sus visitas a los enfermos del hospital de Tarragona; ciudad en cuyo cementerio se encuentran sus restos. Y Málaga lloraría su triste pérdida.

Es parte de la brillante trayectoria del mejor exponente de aquellos tantos compatriotas suyos, pero también alemanes, austríacos, walones o irlandeses, que, a muchos kilómetros de sus familias, y pudiendo tomar otro camino más fácil, demostraron con honor lo que significa la palabra lealtad y lo dieron todo por España. Integrados en nuestro Ejército, terminaron enamorándose de esta tierra, sus tradiciones, sus valores, de sus gentes... Tanto, como para llegar a morir por ella.

Jon Valera